Modos de intervención en pacientes psiquiátricos graves. Dónde la palabra no alcanza
Mi trabajo en los tres últimos años dentro de la cooperativa Agintzari ha consistido en dar atención a la población adoptiva como integrante del equipo especializado en la materia. Esto involucra tanto al menor adoptado en distintas fases evolutivas, incluida la adultez, como a los familiares adoptivos (padres/hermanos) y en ocasiones a familia biológica, la cual va tomando mayor parte en estos tiempos, en la denominada “adopción abierta”.
En el ámbito de trabajo específico como puede ser el acogimiento y la adopción, en ocasiones nos encontramos con comorbilidad de distintas patologías sin diagnosticar, con un gran daño a nivel psíquico, atribuido a causas traumáticas.
La herida de abandono que queda fijada en estos sujetos es algo que queda inscrito en el inconsciente, repercutiendo de distinta manera en el desarrollo de sus vidas, atravesando constantemente todo tipo de interacción y relación que establecen con los otros. En ocasiones nos encontramos que estas personas llevan a cabo actuaciones dónde aparece lo traumático, provocando situaciones dónde el Otro realice acciones que toquen la herida de abandono de cada sujeto individual, quedándose fijados en la repetición, observándose gran sufrimiento en ello.
Partiendo de esta base, trabajar con esta herida particular en cada uno es de gran dificultad, ya que pocas son las veces en las que se puede hablar sobre ello. Es por esto por lo que en un tratamiento nos encontramos inventando distintas maneras de hacer con ellos, haciendo mención a lo que nos reúne hoy, “dónde la palabra no alcanza”.
Creo que explicando un caso clínico podría entenderse mejor la manera de hacer particular en el silencio/ausencia de palabra, sostenido durante dos años. Este tiempo viene fijado por la licitación en la que el Programa de Apoyo a la Adopción de Bizkaia (PAAB), al ser un servicio subvencionado por la DFB fija un marco de intervención de 18 meses prorrogable a 24, por lo que es necesario ajustar el trabajo a este tiempo.
L. de 12 años, quien fue adoptada con un año de edad, y es derivada de manera preventiva por la DFB con el fin de ver cuál es su estado emocional, ya que el primer desencadenante del brote psicótico de su hermana A. de 14 años, generó un gran impacto en L. Hay que mencionar que ambas fueron adoptadas simultáneamente con 3 y 1 años de edad respectivamente, siendo L. la menor.
Al inicio de la pubertad de A., se desencadena en ella un primer brote psicótico, poniendo en jaque toda la estructura familiar, quedándose L. relegada a la sombra debido a la gravedad de la situación de A. Durante dos años esta situación se ha mantenido en el tiempo, observándose una L. cada vez más apagada, en la figura de hija buena en contraposición a su hermana, no pudiendo ser vista por los padres.
Comienzo a ver a L., teniendo esta muchos miedos de acudir al espacio, ya que cuando su hermana se descompensó fue atendida en el programa, por ello, le dejo clara la diferenciación en cada una de ellas. En las primeras entrevistas, que denominamos “sesiones de valoración”, se hace una visión global de la situación de L. y el sistema familiar. En estos encuentros L. necesita ser acompañada por el padre, el cual responde lo que L. susurra al oído, esquivando la mirada y no pudiendo verbalizarme directamente nada. A través del dibujo y papel en el que ocasiones L. escribe algo, podemos comenzar a estar a solas en las sesiones, observándose un primer movimiento en L., a pesar de continuar predominando el silencio y una L. cabizbaja.
Después de la valoración decido transmitirle a L. mi opinión, de que es una preadolescente muy preocupada por su hermana, que veo que esta triste, y me parece que tener este espacio para llevar a cabo el tratamiento, puede ser un espacio dónde pueda tener su lugar en el que estar, jugar, pero que no es necesario que hablemos. Esta devolución produce un segundo cambio en el que L. comienza a venir con ganas al espacio, pero respondiendo con monosílabos a las preguntas que se le realizan, y nos centramos principalmente en jugar al monopoly en el tiempo de sesión. Tras finalizar sexto de primaria, y la llegada del verano, L. comienza a salir de la tristeza profunda que acarreaba, pudiendo mostrarse algo más espontánea en el espacio, mostrando alguna sonrisa, siempre a través del monopoly.
Paralelamente, los servicios sociales intervienen con A. y los padres, equilibrando algo el sistema familiar. En las reuniones que voy teniendo con los padres, así como los contactos frecuentes en cada sesión los padres comienzan a ver que L. es una adolescente y necesita ser vista, ya que al inicio valoraban que no era necesario este espacio.
Tras el verano, e inicio del curso en un nuevo centro, L. empieza a poder comentar pequeñas cosas que le preocupan, principalmente su hermana A. y que a ella pueda ocurrirle algo similar, siempre bordeando de manera muy sutil este tema. A finales del primer trimestre, L. vuelca su enfado con una profesora, pudiendo por primera vez materializar su enfado fuera del domicilio. Esto genera un impacto en casa y en L., ya que se asusta frente a la reacción de los padres, pudiendo empezar a ser vista por los padres después de haber estado dos años en la sombra y empezar a hablar de sus necesidades como adolescente. En los padres este suceso genera un gran impacto, despertándose el fantasma de que la menor pueda repetir los pasos de su hermana A. Trabajo con ellos este tema, y la necesidad de acompañar a L. en ello, y que vea que a pesar de mostrar esta faceta sus padres van a permanecer de manera incondicional para ella.
A partir de este momento, la palabra empieza a tomar espacio en nuestros encuentros, permitiéndole a L. usarme como altavoz de cara a sus padres, pidiendo su espacio y atención en casa, permitiéndose enfadarse con su hermana, y colocándose como hija menor en el sistema familiar.
Cuando se acerca el fin de curso, le comento a L. que nuestro tiempo de intervención está llegando a su fin, explicándole la mejoría que veo en ella. Nos tomamos nuestro tiempo para despedirnos, siendo en las últimas sesiones dónde L. por primera vez puede expresarse de manera espontánea, bromeando e incluso haciendo trampas dentro del monopoly.
De cara a poder sostener un vínculo a pesar de no continuar las sesiones, en las dos últimas sesiones L. y yo hacemos pulseras con nuestros respectivos nombres, intercambiándolas, dejando algo de cada una en la otra, además de regalarle una foto de las dos (previo consentimiento de L. y padres) evitando la sensación de abandono al finalizar un espacio de tanta intimidad y elaboración psíquica de L.
Tras todo ello, me pregunto cómo va a poder hacer L con la adolescencia, y la relación con el Otro, ya que hay una enorme dificultad de usar la palabra.
Alba Ibañez, 11 de junio de 2025
