Resumen de Las nuevas inscripciones del sufrimiento del niño, de Eric Laurent

Eric Laurent habla de un fenómeno social en Angers en 2005 donde se inició una suerte de megajuicio referido a actos de pedofilia y de prostitución de niños por sus propios padres. La realización incestuosa, sorprendía por su carácter serial y por la edad de las víctimas; 65 acusados y cuarenta niños fueron confrontados. Los servicios sociales y la justicia sabían y no sabían a qué habían sido sometidos los niños, y se encontraban impotentes en su accionar. Se entraba en una zona a la que a la vez se sabía y no se sabía.

Frente a este lugar extraño que ocupaban los niños víctimas, lugar poco identificable, en el que el aparato llamado de asistencia revelaba su falla, la justicia, retroactivamente, con más razón intentó cubrirla. Cuando no se sabe qué hacer se castiga. Debemos al psicoanálisis haber reconocido este punto. El lazo social no está finalmente fundado en la justicia distributiva, la solidaridad o la asistencia, sino sobre una última instancia que consiste en castigar. La tesis freudiana señala que toda formación humana comporta en su horizonte un asesinato que queda reprimido. En el lugar de la represión surge el masoquismo, la voluntad de ser castigado. En su texto “Pegan a un niño”, Freud introduce un masoquismo original, fundamental… Lacan, para dar cuenta del masoquismo primario conceptualizado por Freud hablará más bien de la père-version. (versión del padre a partir del goce).

El fuera de sentido y su tratamiento

Las personas encargadas de velar por las familias a la deriva se consideran impotentes, confrontadas a “comportamientos irracionales por parte de sujetos que pertenecen a universos sociales totalmente desestructurados”, donde la miseria social y la violencia desafían toda oposición que se sirva de las categorías que la moral aprueba o no aprueba. Sin embargo, dice Eric Laurent, estos comportamientos en la que los pedófilos, reincidentes, han arrastrado a unas 60 personas no tienen nada de irracional, si admitimos que la razón después de Freud nos permite aproximarnos a esos fenómenos como fuera de sentido y son la expresión de la pulsión de muerte o de un punto de real, de un goce que se afirma fuera de todo sentido posible.

El proceso de Angers reveló que la patología, no tenían ninguna relación con alguna perversión, salvo en las prácticas y comportamientos observables, sino que daba cuenta de la psicosis a cielo abierto, donde la deshumanización del cuerpo de la víctima tiene poca relación con la pedofilia perversa. Laurent hace una diferencia del proceso de Angers con el de Outreau, no entraré en los detalles que diferencian los dos procesos porque lo esencial, el verdadero punto que se revela en los dos casos, es que la institución familiar esconde, pone un velo, disimula este traumatismo que está en el centro de toda formación humana: el goce.

El niño, dos veces víctima

Eric Laurent comenta que Francia no se apasionó por el proceso de Angers, sino por el de Outreau. Este proceso fue fascinante porque frente al traumatismo y el surgimiento del goce fuera de sentido se intentó hacer de los niños el vector de la verdad. Toda la cuestión era saber si los niños decían la verdad. Aquí se abre un interrogante: ¿Es posible que una palabra diga la verdad sobre el trauma, el horror? En el proceso de Outreau todo giró en torno de la noción de credibilidad. Los jueces pedían a los peritos evaluar la credibilidad de la palabra del niño, una credibilidad médica o psicológica, y se confundían estos dos niveles. Después de la catástrofe, el asunto permitió captar los límites de los peritos en credibilidad, los niños víctimas aparecían a la audiencia como frágiles acusadores. Se declaró como incompetentes a los peritos que se habían movilizado porque no se dieron cuenta que los niños producían siempre un discurso renovado y contradictorio.

Es un sueño querer explorar la verdad de la palabra del niño para poder probar que había en el discurso una traducción, una reincorporación del goce producido por el traumatismo que habían sufrido estos desdichados niños. Con este sueño se trataba de producir lo verdadero para reintroducirlo en el discurso común, en el malestar de la civilización.

Laurent señala que es imposible decir lo verdadero sobre lo real. Ante este empuje a decir la verdad, el niño, fue a la vez víctima de aquellos que lo han tomado como objeto sexual, pero también de la perversión del Estado que lo confrontó con la misión imposible de deber decir lo verdadero sobre lo real. Fuesen los que fuesen los expertos, el resultado hubiera sido el mismo: hay cosas que se pueden saber, pero la verdad, es otra cosa. Del mismo modo, en Le Monde, un artículo evocaba los niños víctimas del aparato del Estado porque habían sido privados durante años de sus padres injustamente condenados. Vemos cómo el niño en estos casos extremos de desgarradura revela que la familia es un velo arrojado sobre la falta de articulación del goce del cuerpo que se satisface del objeto de la pulsión.

Las experiencias comunitarias

Podemos descifrar la manera en que Lacan situó la cuestión de la inscripción de goce del niño, a la vez síntoma y fantasma de la familia. De entrada, Lacan interrogó las relaciones del mito del Complejo de Edipo y del complejo de castración sirviéndose del otro gran mito freudiano: el de la pulsión.

Lacan aborda, en principio, la dimensión histórica y cultural del lugar del padre en la civilización. En su artículo de 1938 sobre los “Complejos familiares” insiste en el hecho de que Freud quiso salvar al padre en el momento donde Viena, vivió en el Siglo XXI, con el éxodo rural una mezcla de múltiples nacionalidades, culturas, tradiciones… quedando confrontado a un relativismo cultural, Freud buscó situar una invariante en esta dispersión, el padre.

En este mismo texto Lacan describe un doble movimiento. Asistimos, por una parte, al fin del patriarcado, con su correlato: la declinación de la dimensión trágica del padre y, por otra parte, a la multiplicación de las formas de la familia conyugal. La familia no reposa más en la línea patriarcal, sino sobre las formas del Conyugo. Es el fin del patriarcado, pero el comienzo de la multiplicidad de las formas de alianza.

La otra etapa del examen de Lacan de la inscripción del niño en a familia es un conjunto de textos escritos alrededor de 1968-1969. El 68 es un momento en que la familia es interrogada y despreciada, donde las utopías comunitarias venidas del otro lado del atlántico florecen. Sin embargo, el 68 no es más que la redición de los movimientos de los años 30. Hubo también, después de la segunda guerra mundial, la experiencia de los kibboutz en Israel. Para Lacan que había conocido los años 30, el 68 era, una repetición del mismo fenómeno. Hablar del “fracaso de las utopías comunitarias” en 1969, desentonaba, porque en esa época la gente pensaba que innovaban y que iban a triunfar. Lacan les recuerda que ya se había pasado por esa experiencia y que eso ya se había hecho. Resaltando así que estas utopías no impidieron la existencia de un irreductible de la posición del padre y de la madre.

Este fracaso de las “utopías comunitarias” restituye a la familia conyugal en su función de “residuo”, resto.

Lacan en “Nota sobre el niño” escribe: “La función de residuo que sostiene (y al mismo tiempo mantiene) la familia conyugal en la evolución de las sociedades pone de relieve lo irreductible de una transmisión que es de un orden diferente de la vida según las satisfacciones de las necesidades, pero que conlleva una constitución subjetiva, lo que implica la relación con un deseo que no sea anónimo”. Esta pequeña nota dice Laurent, está abarrotada de una condensación de las reflexiones de Lacan, porque este término de “residuo” es muy enigmático. Unamos este término de “residuo” en lo que Lacan desarrolla en su seminario De un Otro al otro: “Si para el perverso es preciso que haya una mujer no castrada…” Lacan, en el horizonte de la perversión, pone a la madre, es decir la mujer fálica, y en el horizonte de la neurosis, el drama familiar. ¿No hay algo común en las dos posiciones? ¿No es el objeto a? De este modo, el perverso tendrá la mujer fálica y el neurótico la familia, con el objeto a desprendido, residuo.

Como hemos visto, en la “Nota…”. Lacan parte del fracaso de las utopías comunitarias; no habla del éxito de la familia nuclear, sino del fracaso de cualquier intento de hacer que el objeto a, desprendido, residuo, cambie o se desplace. Después destaca un residuo. Este residuo es la madre de los cuidados que “llevan la marca de un interés particularizado, aunque lo sea por la vía de sus propias carencias”. Lacan está aquí refiriéndose a Winnicot quien inventó “la madre suficientemente buena”. Indica que ella debe tener faltas y hace la lógica de ello; es una particularidad, no una madre universal. Después, define al padre en tanto que su nombre es el vector de la encarnación de la ley del deseo.

El padre como portador de un deseo hacia esta mujer, conjuga la Ley y la prohibición, al mismo tiempo que el deseo, porque desea a esta mujer. La madre es entonces el vector de la encarnación del fracaso del cuidado, y el padre, vector de la ley en el deseo del Otro.

El niño, “objeto a liberado”

Para comprender “el objeto a liberado”, tal como Lacan lo presenta en el Seminario 16 De un Otro al otro, es necesario que avancemos en la manera en la que Lacan sitúa al niño en la “Nota sobre el niño”. El abordaje freudiano clásico sitúa al niño como Ideal del Yo, el ideal de la pareja. Es lo que Freud llamaba “Su majestad el bebé” A partir del niño se distribuye la familia, Lacan parte en esta “Nota…”, de otro punto: “El niño realiza la presencia de eso que Jacques Lacan designa como el objeto a en el fantasma”. Mientras que Freud abordó al niño a partir del Ideal… Melanie Klein, Winnicott y Ferenzci abordan el niño en tanto objeto. El acento está puesto sobre el niño, tomado, no en un Ideal sino en el goce, el suyo y el de sus padres. Lacan lo resume con el objeto a.

En la metáfora edípica clásica el padre es lo que responde al Deseo de la Madre. El padre interviene sobre el deseo de la madre para producir la significación fálica. Pero en la “Nota…”, al contrario, el niño satura la falta de la madre, es decir su deseo. Tapona lo que es del orden de la falta de la madre, no como Ideal sino como objeto.

El niño es entonces el objeto a, va al lugar de un objeto a, y a partir de allí se estructura la familia. La misma no se constituye más a partir de la metáfora paterna, que era la clásica del complejo de Edipo, sino enteramente en la manera en que el niño es el objeto de goce de la familia, no solamente de la madre, sino de la familia y más allá, de la civilización. El niño es “el objeto a liberado, producido”. Este objeto a que el niño realiza, lo encontramos en el Seminario 16 donde Lacan articula el problema de la familia al hecho de que en el Otro hay una falta.

Hay dos maneras de desembarazarse de esta falta. La primera la del perverso que consiste en agregar el goce que falta en el Otro. Esto tiene como efecto producir un significante del Otro pleno, lo que Lacan escribe S(A) sin barrar. A esto, opone la vía del neurótico que quiere complementarse con una familia, pero el problema es que hace falta pedirle a una mujer. En suma, escribirse como el Uno en el Otro, proposición inversa a lo que Lacan indicaba en “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, donde el Nombre del Padre es la inscripción en el Otro del significante, de la garantía del sujeto. Por esta razón, El Nombre-del-Padre es un operador formidable que se añade en la civilización y que le permite al sujeto inscribirse allí.

En 1969, Lacan presenta el reverso del Nombre del Padre como garantía. El padre no es más que un sueño del neurótico que, para inscribirse en el Otro quiere ser el padre de familia. En este punto Lacan interroga la distinción entre el padre de familia, sueño del neurótico, y la función del Nombre del Padre que puede ser sostenida por otros personajes que el padre de familia. Es una función del tipo “poner un freno al goce”. Pero no es una función que surge simplemente de la interdicción. “Poner un freno al goce” es también poder abrir al sujeto una vía que no sea la de un empuje a gozar mortal, autorizar una relación fiable al goce, diferente que un empuje al hedonismo contemporáneo, que puede tener una cara mortal como se constata en las adicciones. En suma, el padre residuo es una función que se distingue del padre de familia. Es el instrumento que permite mantener lo Simbólico, real e imaginario juntos por una función que puede separarse del padre de familia.

Ser padre, un acto

A partir de aquí, ¿cómo concebir la nuevas formas de la parentalidad? Este deseo de ser padre, esta “père-version” cautiva, en efecto, a nuevas identidades. Las familias homoparentales añoran poder casarse, tener el título de padre, interrogan la distribución clásica padre/madre. Cuando se dice que no hay que tocar esta distribución a riesgo de un derrumbamiento de la civilización, es sin duda un error, porque se va a tocar eso siempre. Los entusiastas como Judith Butler, consideran que se puede y que hay que tocar lo que se llama el género y se puede ir muy lejos, con el anhelo de rehacer todo deshaciendo todas las identificaciones posibles hombre/mujer, donde los nombres de “padre” y de “madre” pueden ser dados a todo sujeto, preferentemente a un sujeto transexual.

Los sociólogos sostienen la idea de que hemos salido de la parentalidad antigua, aquella del imperio del padre de la autoridad, de la tradición y de la ley. Hoy es la paternidad responsable y negociada por contrato. Hay, ciertamente, una paternidad pacificada, pero el problema de la autoridad se trasladó al exterior. El Otro social ordena, en efecto, a los padres de mantener a sus hijos, de poner su familia en regla, o amenaza de poner a todo el mundo en internados militares. De este modo, los padres, se han transformado en agentes del orden público.

¿Podemos creer en esta buena novedad sociológica, que reduce la paternidad a normas? Esto supone resuelto el problema del residuo, de la concentración de goce sobre el niño y los padres. Hemos salido del patriarcado, del machismo de la tradición y de la promesa de antaño: “Si te conduces como un hombre debe conducirse, entonces podrás gozar de una mujer”. El único problema es que es imposible definir una relación entre los sexos, homo o hetero, que fuera la buena. Con el goce, eso jamás es posible. Ninguna norma llega a estabilizar el empuje a gozar, y a cada uno le queda la contingencia del encuentro con el partenaire, y el síntoma fantasma que lo define. Este encuentro no puede reducirse a normas. El lugar del padre es el de un residuo que viene como nombre a recubrir este imposible. Ser padre no es una norma, sino un acto que tiene consecuencias, fasta y nefastas. La filiación contemporánea remite, más allá de las normas, al deseo particularizado cuyo producto es el niño. El padre contemporáneo es un residuo y un nombre, que resta de un modo inconmensurable como una apuesta pasional. Toda esperanza de pacificación de la paternidad es, entonces, una ilusión. Es la fuerza de la ilusión de la teoría sociológica de la felicidad de las normas.

Para finalizar Eric Laurent dice que: “La apuesta en la investigación psicoanalítica consiste en demostrar sin conservadurismo, sin entusiasmo progresista, pero con el modo de pesimismo lúcido lacaniano-freudiano, las redistribuciones clínicas a las cuales asistimos. He aquí el desafío de sus próximos años”.

Rosa Ruiz