Moisselles-Lacan-Hommel
Principios de los años 80, finalizo mis estudios de Medicina, estudios que he llevado a cabo empujado por el deseo de hacer la especialidad de Psiquiatría, de trabajar como psiquiatra, de ser psiquiatra. De alguna manera, hacer de esa especialidad mi profesión.
Con otros compañeros, me dirijo a París, algo que también había elegido y tenía decidido. Había leído sobre la Psiquiatría en Francia, sobre la Escuela francesa, y ya entonces, lo que leía sobre la clínica, sobre la psicopatología en los clásicos, suscitaba mi interés, más allá de las cuatro pinceladas de la asignatura en la carrera y de lo que pude aprender en el lugar donde realicé mis prácticas como estudiante de Medicina en el Hospital Donosti. Esas prácticas tuvieron lugar en el Departamento de Neurofisiología y EEG, donde fui acogido de una manera familiar, y donde me invitaron a dar mi primera charla sobre el alcoholismo en la cofradía de pescadores de Getaria, adonde acudí acompañado por mi novia y por mi padre.
En Paris, me matriculo en la Universidad René Descartes, Paris V, y voy a residir durante un tiempo en el internado del Hospital Sainte Anne, lugar donde voy a llevar a cabo mi primer curso de residente, y lugar conocido por albergar los Servicios del que son responsables los nombres reconocidos de la psiquiatría del momento (Deniker, Pichot, Postel….).
En ese primer año, los estudiantes teníamos que validar dos períodos de prácticas en dos Servicios diferentes, pasar un examen, a final del curso, sobre Neurología, Neuroquímica, Psicopatología y Procedimientos Terapéuticos. Pero, sobre todo, había que familiarizarse con el idioma, con la lengua francesa. Lecturas, televisión, poner la oreja en el metro y autobuses, y aceptar, de buen grado, las correcciones a nuestros errores, nuestras meteduras de pata.
Después de ese primer año, toca “buscarse la vida”, continuar como estudiante en prácticas o encontrar un trabajo como “faisant fonction d’interne”, ya que las fechas de los exámenes para ser interno no coinciden con la finalización de ese primer año. Además, a lo largo de la especialidad, hay que seguir validando cada seis meses las estancias en hospital y validar 3 o más seminarios teóricos por año. Comienzan entonces las llamadas telefónicas y las peleas o negociaciones con los jefes de Servicio, que buscan y esperan psiquiatras con experiencia.
Termino consiguiendo una plaza en el Hospital de Moisselles. Seis meses de trabajo, ya que me veré obligado a cambiar de Servicio por la llegada de un compañero. Ese cambio, por suerte se produce dentro del mismo hospital, paso a trabajar en otro Servicio. Son seis meses en los que me siento acogido por un equipo formado y experimentado, pero también familiar, que sabe arropar y dar un lugar al nuevo, al novato, si este desea cogerlo. Un Servicio donde descubro Otra Psiquiatría, la sectorización y lo que ella comporta, la vida en la institución bajo el manto de la psicoterapia institucional, pues se trata de un Servicio en el que había trabajado Jean Ayme, uno de los principales valedores de esta psicoterapia institucional, junto a Francesc Tosquelles y Jean Oury.
Este lugar de trabajo me confronta a una manera de atender, cuidar, tratar al paciente totalmente distinta a la que había conocido hasta ese momento. Yo conocía las entrevistas/interrogatorios estructurados, donde se buscaba la presencia de la lista de síntomas que iban a desembocar en un diagnóstico y en un tratamiento (evidentemente farmacológico), y que, además, venían a alimentar investigaciones discutibles pero nunca discutidas. Nada fallaba, el puzzle siempre completo, no faltaba una pieza, figura cerrada y todo en su sitio.
En Moisselles, me encuentro con que el paciente es tenido en cuenta de otra manera, es acogido de manera distinta, las asambleas con los pacientes, animadas por los internos, los MIR, dan cuenta de sus preocupaciones, sus malestares, sus inquietudes y sus deseos (la enfermedad, las vacaciones, las salidas lúdicas o culturales, el fondo de dinero para tabaco, sus opiniones sobre la vida en el Servicio….). Y junto a esto, mis compañeros (as), que también hablan de los pacientes de forma distinta, tanto en las reuniones de equipo como en las sesiones clínicas…, dando un lugar importante a los dichos del paciente, a su historia, sin buscar esa serie de síntomas para clasificar, pero colocando la cuestión del diagnóstico en un lugar esencial para plantear las estrategias terapéuticas y la cura. Comienzo a escuchar términos que no había oído nunca (deseo, forclusión, nombre del padre…), términos del psicoanálisis lacaniano que, en lugar de hacerme recular y salir corriendo, me empujan a querer saber, a leer y a escuchar a cada paciente como diferente a los demás. Cada caso es un caso particular, sin olvidar, como decía antes, la vida en colectividad dentro del hospital. Junto a estos conceptos, también los nombres de la Psiquiatría francesa del siglo XIX están presentes: Pinel, Esquirol, Seglas, Cotard, Clerambault, Dupré, Falret….
Seis meses y otros seis en otro Servicio. Voy preparando el examen para interno, pero suspendo el de París-Île de France, y soy admitido en el del Centro de Francia, eligiendo plaza en el Hospital Henri Ey de Bonneval, pueblecito de la campiña francesa. Es un hospital cuyos edificios recuerdan construcciones fortificadas, con vestigios y ruinas antiguas que alternan con nuevos inmuebles, atravesado por un río, con actividades de cultivo de flores y plantas, así como la cría de ponis en el lugar donde se encontraba ubicado el Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil.
Alejado de la clínica y de la enseñanza de Lacan, pero no tanto, pues junto a mis lecturas de los Seminarios, sobre todo el Seminario III, ese Servicio de Psiquiatría Infantil tenía como responsable a François Sauvagnat, psicoanalista y miembro de la ECF. Aunque nuestros encuentros no fueron muy frecuentes, se produjeron, y me llevaron a participar y colaborar en la organización de una jornada de trabajo, en la que el eje Psiquiatría-Psicoanálisis ya estaba presente.
Un año de trabajo en este hospital, con la idea permanente de ser admitido en el examen de París, y volver al Hospital de Moisselles. Dicho y hecho, pero no sin esfuerzo y cierta incertidumbre en el momento de elegir plaza.
De nuevo en el mismo Servicio, con caras nuevas entre mis compañeros y compañeras, llegando a formar un equipo y trabajar juntos. Re- encuentro con buena parte del equipo de enfermería y auxiliares que ya estaban ahí en mi primera estancia en el Servicio. Y a nivel del trabajo, creación y apertura de un Centro de Crisis, participación en la actividad de Psicodrama Psicoanalítico Individual, las reuniones de equipo y las sesiones clínicas internas, a lo que se van a añadir dos nuevas modalidades de trabajo: el Cartel y las Presentaciones de enfermos.
Trabajar en un cártel fue toda una sorpresa, desde la elección de los miembros del grupo (entre amigos o compañeros, pero también al azar, por sorteo), la elección del más uno, y la elaboración de la pregunta particular de cada uno en relación al tema general que nos convocaba, y, por último, el producto alcanzado, con mayor o menor éxito.
¿Qué decir de la Presentación de enfermos? Un verdadero descubrimiento que todavía recuerdo con entusiasmo. Se nos otorgaba a los internos la posibilidad de proponer pacientes para estas presentaciones, entrevistas del enfermo con un entrevistador, ambos desconocidos entre sí. Sólo la persona que llevaba la entrevista conocía cuatro pinceladas del paciente, lo que nosotros podíamos haber transmitido, y las razones, los motivos por los que habíamos elegido al paciente: cuestiones de diagnóstico, dificultades en la orientación de la cura o tratamiento, elementos clínicos que nos provocaban dudas….., todo ello ante un público presente y ausente. Presente físicamente durante la entrevista, pero en silencio, y de nuevo presente, pero con palabras durante la conversación.
¿Y el resultado? En ocasiones, esas entrevistas permitían encontrar algunas respuestas para nuestras preguntas y para el paciente, desvelaban cosas que habían pasado inadvertidas o no habíamos pensado o tenido en cuenta, conseguíamos afinar el diagnóstico…., en una palabra, esos escollos se convertían en boyas, como decía Lacan. No voy a decir que siempre era así. Había ocasiones en que uno se quedaba con las ganas, no se había podido encontrar líneas que aclararan nuestras dudas, pero también había que hacer con ello.
Lo que sí puedo decir, y así lo recuerdo con cierta nostalgia es la viveza y la riqueza de esas conversaciones, tanto en la participación como en las aportaciones que de esa participación se podían derivar.
Es en este segundo período, donde surge la idea de solicitar una cita con una analista, aunque la decisión no viene únicamente dada por el encuentro con la enseñanza de Lacan, sino por una cuestión subjetiva que giraba en torno a la paternidad.
Elijo la analista por su apellido, Hommel, con hache, apellido en el que se condensan hombre y ella. Y ahí me veo yo un buen día, llamando a la puerta de su casa-despacho, sentado frente a ella y empezando a hablar, presentándome, haciendo un recorrido de mis estudios y mi corto recorrido laboral, aportando algunos datos de mí mismo y mi vida familiar, todo ello con la idea de querer saber algo más, pero ¿de qué? No lo sabía. Quizás tener u obtener más conocimientos, complementar o completar mis estudios de Psiquiatría, en el fondo, quedarme en la dimensión didáctica.
No duró mucho, pues en esa primera cita, una pregunta más o menos sencilla viene a cortar, a romper esa deriva. “Y usted, de qué se queja?”. Esa pregunta pone al descubierto, en mi primera reacción, en mis primeros pensamientos, cuestiones que yo consideraba “superadas”, pero que seguían insistiendo de alguna manera, seguían estando muy presentes, aunque yo pensara que de manera latente.
Esa pregunta me pone a trabajar, y hace de mi análisis una apuesta de trabajo subjetivo, una experiencia, dejando de lado esa idea mía de ser un profesional del psicoanálisis, un querer ser psicoanalista como objetivo, como ese objetivo del que hablaba al principio, ser psiquiatra. Fue un empezar a creer en el inconsciente. Hasta hoy.
Bittor Puente Pazos, es Socio de la Sede de Bilbao de la ELP.
*Psicoanálisis y Salud Mental-10/11/2022.
