Testimonio y enseñanza
Mi pregunta se refiere a la relación entre el testimonio y la enseñanza. ¿Cómo entendemos la diferencia entre estas dos actividades, especialmente cuando se consideran como dos vicisitudes diferentes de la transferencia al final del análisis?
La referencia común aquí sería a la cuestión de la transmisión. ¿Qué tipo de transmisión estaría en juego en el testimonio y en la enseñanza, respectivamente?
En el horizonte lejano estaría la afirmación de Lacan, hacia el final de su vida, de que la transmisión, al igual que la enseñanza, es imposible en el psicoanálisis. De ahí la necesidad de que cada uno de nosotros encuentre su propia manera de reinventarlo.
Me gustaría comenzar poniendo en serie tres momentos —el final del análisis, el testimonio y la enseñanza— en un intento de extraer la lógica común que recorre estos tres momentos.
Podemos considerar el final del análisis como un momento de transformación subjetiva asociado a la caída del sujeto supuesto saber y a la confrontación con el Uno del goce vinculado a la inexistencia del Otro.
No se trata tanto de la última palabra como de una confrontación con lo imposible de decir, una disyunción entre lo simbólico y lo real en la que reside un goce opaco al significado. ¿Qué papel desempeña entonces este imposible de decir, primero en la experiencia del pase y luego en la experiencia del testimonio y la enseñanza?
Aquí no debemos pasar por alto el diseño del procedimiento del dispositivo del pase que, según sugiere el propio Lacan, tiene la estructura de un Witz, un “bon mot”, una palabra que pasa de boca en boca.
El candidato que ha llegado al final de su análisis hablará, dará testimonio de su experiencia, ante dos pasantes que a su vez darán testimonio ante el jurado de lo que han oído. El jurado toma entonces su decisión basándose en lo que oye de los pasantes. ¿Qué es lo que escuchan? ¿Qué es lo que se puede transmitir de esta manera?
Miller pone aquí el énfasis en la noción de enunciación, en un modo singular de enunciación, un estilo, un modo de decir bien, fundado en una relación con lo imposible de decir del goce.
Por un lado, tenemos la afirmación de Lacan en la Proposición de que el deseo del analista es este modo de enunciación. Y al mismo tiempo, nos encontramos con la afirmación más enigmática de que en el procedimiento del pase es el pasante, portador de este modo de enunciación que se transmite al jurado, que es el pase mismo.
El candidato nombrado Analista de la Escuela tendrá entonces la oportunidad de presentar su testimonio a la comunidad de la Escuela. Este testimonio público no toma, por supuesto, la misma forma que los testimonios más íntimos dirigidos a los pasantes, aunque es de suponer que se reconstruye a partir de elementos que surgen en ese proceso de narración.
Aquí tendríamos que dar cabida a la noción de hysterización, atestiguando la verdad mentirosa, construyendo una ficción que demuestre una forma particular de conformarse con lo indecible del goce para la aprobación del público que viene a sellar la satisfacción del final.
Pero, ¿qué podría estar en juego entonces en el paso del testimonio a la enseñanza? ¿Qué es lo que se puede enseñar entonces a partir de esta experiencia singular de confrontación con lo imposible de decir?
Aquí podríamos intentar extraer elementos de la primera enseñanza de Neus, impartida en Barcelona en enero de este año y ahora publicada en el número 103 de Freudiana con el título “La transferencia al final”1.
En este texto, Neus se refiere a tres momentos, los de la certeza, la prueba y la demostración. Habla de la convicción, la certeza, de haber llegado al final de su análisis, un modo extraño de certeza difícil de explicar, dado que no se llega al final del análisis mediante un procedimiento de deducción.
Neus habla entonces del deseo del pase como una forma de poner a prueba esta certeza, una forma de poner a prueba de la palabra la convicción de haber llegado al punto en el que no hay nada más que decir. En contraste con esta noción del pase como una puesta a prueba, introduce entonces el momento de la enseñanza como un intento de demostrar los pasos por los que llegó a este punto de certeza.
Así, tenemos una serie mínima, un orden particular de los términos certeza, prueba y demostración, que podrían alinearse a su vez con los momentos del final del análisis, del pase y de la enseñanza. Estarán de acuerdo conmigo en que este no es precisamente el procedimiento habitual de la ciencia empírica.
En esta primera enseñanza, Neus propone cinco momentos, cinco escansiones de la trayectoria de su análisis, cada uno de ellos puntuado por un acto analítico, por una intervención por parte del analista que jalonan el trayecto recorrido.
Podríamos sugerir que estos pasos solo se vislumbran una vez que se ha llegado al final, el punto a partir del cual deviene posible una lectura retroactiva. En otras palabras, solo el final hace posible una nueva lectura de los elementos implícitos en el principio, pero que tal vez eran ilegibles en ese momento.
Quiero mencionar rápidamente algunos de los elementos de esta trayectoria, los que tocan la cuestión de lo imposible de decir.
El primero es la elección del analista precisamente sobre la base de un estilo de enunciación, que a su vez está relacionado con la cuestión del goce, un supuesto saber hacer con el goce. “La elección del analista lleva la marca de la palabra, de la palabra referida a una enunciación, a un estilo: el de alguien que había aprendido a tratar su fuerza”2.
La demanda inicial conlleva, por tanto, una demanda de amor, en forma de demanda de respuesta, una palabra del analista que pueda salvar su alma. En respuesta a esta demanda insaciable, el silencio del analista funciona aquí como un acto, un acto que expone la división del sujeto.
Esta división puede trazarse en diversas modalidades, incluyendo la distinción entre la palabra y la voz. Es el silencio intrínseco a la palabra que permite la aparición de la voz como objeto. “Solo al final podría llegar a extraer el silencio no en tanto palabra que falta, sino como aquello que anida en la palabra misma”3. Es en este silencio donde se puede escuchar el eco en el cuerpo del hecho de un decir, la pulsión aquí configurado como el lugar de un imposible de decir. “El silencio del analista (…) hizo posible escuchar lo más real que anida en el corazón de la palabra”4.
Es aquí donde Neus propone una fórmula simple, la de la pequeña a sobre la A mayúscula tachada, un matema, sugiere, con el que se puede escribir el lugar del AE en la Escuela: “Es porque el final de análisis revela la no existencia del Otro que es necesaria la función del objeto a de la causa que el Analista de la Escuela debe saber encarnar”5.
Es aquí también donde encontramos el eje de la articulación entre el trabajo de transferencia y la transferencia de trabajo, lo que supone la necesidad lógica de la Escuela sujeto. Esto le permite a Neus postular la conclusión de que la Escuela es una necesidad lógica del final del análisis: “Para hacer el pase hay que creer en la Escuela sujeto. Hay que querer ser un engañado de la Escuela sujeto sin esperar de ella ninguna palabra salvadora”6.
Podríamos decir que, en este punto, la invención de la Escuela y la reinvención del psicoanálisis coinciden, y que el trabajo de los AE, de aquellos que han llegado a este punto, nos llama a cada uno de nosotros a participar en este trabajo de transmisión.
Roger Litten
Notas:
- Carbonell, N., “La transferencia al final”, en Freudiana 103, Barcelona, ELP, 2025. ↑
- Ibid., p. 13. ↑
- Ibid., p. 15. ↑
- Ibid., p. 18. ↑
- Ibid., p. 19. ↑
- Ibid., p. 20. ↑
